Entrevista en Lyon

Entrevista con Rafael Menjívar Ochoa

 

Del 27 de septiembre a 18 de octubre de 2007, el recién fallecido escritor salvadoreño Rafael menjívar Ochoa (1959-2011) recorrió Francia a invitación del festival de cine latinoamericano de Biarritz de la asociación Espaces Latinos y de su editorial Cénomane. El 14 de octubre se presentó en el auditorio de la Escuela Nacional de Ciencias Aplicadas (INSA) de Lyon. Ya que soy su traductor desde los años 80, me tocaba actuar de intérprete, pero a última hora me solicitaron para hacerle también la entrevista, cosa que no había previsto. Esta es la transcripción de esta entrevista pública.

THIERRY DAVO: Me gustaría que explicaras a los presentes porqué no te gusta que te consideren como a un autor salvadoreño.

RAFAEL MENJÍVAR OCHOA: Yo creo que nacer en un lugar o nacer en otro es más o menos incidental, y nazca uno donde nazca, nazca en San Salvador, nazca en el Distrito Federal o en París, uno sólo es parte de una aldea ¿no? Y uno decide si escribe nada más para divertir a los aldeanos o escribe para ser parte de algo más grande ¿no? Yo creo que a la hora de definirse como “autor salvadoreño”, en mi caso, se está inscribiendo en una tradición muy pequeña: la tradición literaria salvadoreña es muy pequeña, muy corta, y no muy intensa, no muy interesante, no muy innovadora. Y no digo esto por vanidad mía, lo digo porque si me dedicara a ser escritor salvadoreño sería aburridísmo, con esta poca tradición que tenemos. Entonces, yo prefiero creer que la tradición salvadoreña empieza con Rabelais, o con Shakespeare y termina con algunos de ustedes que en algún momento vayan a escribir. La nacionalidad lo que hace es condenarlo a uno a seguir un camino que tiene un final muy cercano y muy corto. Más bien creo que cuando uno piensa que es escritor, más que un escritor de cierto lugar, tiene todo el mundo para aprehender todos los temas. Por eso me niego a ser el escitor “indígena” que en ocasiones nos piden en Europa o en Estados Unidos seamos. El indio bueno. Le bon sauvage. No me gusta. A mí no me quedan las plumas, tengo poco pelo. Voilà.

TD: Viviste poco en El Salvador.

RMO: Los primeros trece años y los últimos ocho. Y tengo 48.

TD: Tu obra tiene una parte bien mexicana...

RMO: Yo creo que sí... Es el país en mi vida en el que más he vivido. Lo más cernao que hice a literatura salvadoreña, y este delito lo comparto contigo, es Historia del traidor de Nunca Jamás.

TD: Historia del traidor de Nunca Jamás es una especie de transición ya que la narración comienza en El Salvador y termina en México...

RMO:Yo creo más bien que es una especie de inicio... Quiero aclarar algo porque creo que por aquí puede haber confusiones. Cuando hablo de ser un escritor salvadoreño o de no ser un escritor mexicano o lo que sea, no implica que en mis novelas no haya lugares bien definidos y personajes que petenezcan a estos lugares. Lo a que me refiero es que a uno generalmente dentro del propio país lo condicionan a escribir cierto tipo de cosas dentro de ciertas líneas y esto me revienta, me purga. Básicamente lo que reivindico es mi derecho a escribir lo que se me ronque la gana. Evidentemente lo tengo, y evidentement lo ejerzo. Lo que pasa es que a uno le hacen pensar que la crítica es importante para el trabajo literario y lo que muchos críticos hacen, no todos pero muchos, es tratar de orientar la escritura de uno en una dirección o en otra : o a lo universal o a lo indígena o a lo social o a lo qué rayos sea... Y evidentemente hay escritores que lo hacen. Me imagino que esto les da éxito, estatus, buenas editoriales, invitaciones a cenas en buenos restaurantes. De algún modo, quizás La historia del traidor tiene mucho que ver con lo que se esperaba de mí como escritor. Quizás por esto es tan diferente de lo que escribo. El resto de lo que escribo es radicalmente diferente. Pero sí soy escitor y sí soy salvadoreño.

TD: ¿A partir de cuándo sentiste que había esta ruptura entre Historia del traidor y tus otros libros?

 

RMO: En el momento en que vi publicado Historia del traidor. Ver publicado el primer libro siempre es un trauma. Se da cuenta uno de la cantidad de errores que tiene o uno cree que tiene, ve uno de frente todas sus cosas buenas pero también las cosas que uno considera malas  y que curiosamente al lector a veces le parecen buenas. Y no me gustó lo que sentí. Entonces a partir de mi segundo libro aprendí a que no me importara. Creo que uno siempre se arrepiente de su primer libro, que uno debe arrepentirse de su primer libro, y que uno tiene que publicar su primer libro para ver qué pasa, para ver qué se siente, y no se siente bonito. La ruptura es eso. En realidad tengo dos etapas en mi carrera: La historia del traidor y los otros catorce o quince...

TD: Eres un escritor que escribe de una manera muy minuciosa.

RMO: Sí. Oui (risa). Vraiment.

TD : Para ti, escribir es una construcción.

RMO: Para mí escribir es la primera etapa de un proceso muy largo. Lo digo de manera muy fea, espero que a nadie lo moleste. Cuando uno suelta el texto, cuando uno suelta las ideas del texto es como vomitarlo. Y ahí sale de todo. Sale bilis, salen pedazos... cosas del día anterior, el jugo de la mañana, ¡sale de todo todo todo! Y a veces cosas de un par de años atrás.  Esas son las más desagradables. Lo que sale es un vómito bien desordenado. Entonces en el proceso de escritura se trata de darle una forma bonita a eso. Y que resulte agradable. E incluso comestible (sonrisa). Estoy exagerando (risa), pero ésta es la idea general. Para mí el caso clásico es Miguel Ángel. Durante cuatrocientos cincuenta años, minuto más minuto menos, todos los escultores han querido esculpir como Miguel Ángel. Y cualquier escultor puede esculpir como Miguel Ángel con tal que haya pasado por una escuela de artes. Esculpir es fácil. Siempre que uno tenga la técnica necesaria. El problema de Miguel Ángel es otro: son las texturas. Las texturas de cada una de las partes del cuerpo de cada uno de los dos protagonistas son diferentes. La piel de Cristo es diferente a la piel de la Virgen, el pelo de Cristo y de la Virgen son diferentes al bigote y a la barba de Cristo, es impresionante. Y es el mismo pedazo de mármol. No hay diferencia entre el pedazo de mármol donde está la piel, donde está el pelo, donde está la tela. Entonces lo que sabía hacer Miguel Ángel no era esculpir, sino pulir. Y el trabajo importante, el trabajo que es incomparable en Miguel Ángel es el trabajo del pulido. Creo que la literatura es lo mismo. Después del vómito éste que suelto, es agarrar lo que más o menos vaya sirviendo y de los dos o tres litros que he logrado vomitar (risa), si queda un vasito que sea presentable... En mi caso, soy un escritor bastante destructivo, me parece. Este libro se llama Terceras personas. La versión vomitada tenía doscientas veinte cuartillas. Esta tiene treinticinco. Son diez años de trabajo. A eso me refiero con el pulido. Pero no se trata sólo de quitar, sino de saber qué quitar, cómo moldear, darle texturas. No que quede suave, sino darle la textura adecuada. De algo estoy seguro: Gabriel García Márquez, yo o cualquiera de ustedes escribimos igual de mal. Lo que pasa es que García Márquez es un gran gran gran pulidor... y yo no tanto... y ustedes deberían aprender a pulir mejor.

TD: ¿Qué es lo que te interesa construir? ¿Historias? ¿Personajes? ¿Situaciones?

RMO: Tengo temas, muy pocos. Y de hecho en todas mis novelas los temas se van como cruzando. Lo que hago es... pequeños laboratorios de prueba, en los cuales pongo a los  personajes a moverse dentro de laberintos como si fueran ratones y unirlos con otros laberintos en los cuales hay otros ratones... No sé... pongo fuego en un lado y en otro una pequeña inundación y en el otro hago ruido y veo cómo se comportan los ratones. Y lo interesante es que los ratones no son algo externo, los ratones son un pedazo de mí, son una parte de mí. No podría jugar con personajes abstractos. Deben ser concretos, deben ser parte de mí para que valga la pena. Como diría Brassens “morir por las ideas pero de muerte lenta”...

TD: Tus noveles: ¿son novelas, textos?

RMO: No sé. Me da la impresión de que son textos, más que novelas. Hay algunos que sí. Trece creo que corre el peligro de ser novela. No sé todavía si arrepentirme de eso. Creo que es lo más parecido que tengo a una novela. No te garantizo que lo sea pero es lo más cercano que tengo. El último que se publicó, Breve recuento de todas las cosas, no es sin ninguna duda una novela. La novela ocurrió antes de que empezara el texto. La novela está contada de la portada para acá, no me tocó a mí contarla. Yo cuento las consecuencias de la novela, más bien. Terceras personas no tengo ni maldita idea de qué rayos sea. A mí me gusta, es mi favorito. Quizá porque no logro entender muy bien de qué se trata. Hay algo muy importante: en general estos libros los escribo para mí, no los escribo para lectores. Me gusta leer libros raros, me gusta leer libros que me reten como lector. Y si nadie va a escribir los libros que yo quiero leer los escibo yo. Estos libros son esto: libros que me hubiera gustado haber leído pero que nadie escibió. Entonces uno de los libros más raros que me ha tocado leer, e incidentalmente escribir, es Terceras personas. Me gusta mucho, lo leo mucho mucho mucho y cada vez le encuentro cosas nuevas. Eso es una cosa bastante paranoica, el hecho de poder ver las cosas de uno como si fueran de otro, pero creo que en definitiva el proceso de escritura es bastante paranoico, hay un desdoblamiento de personalidad. Pero ante todo, lo más importante es lo divertido que es escibir, lo divertido que es, cuando uno ha terminado, leer y poder decir wau!

 

 



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